旅行 Golden Week en Kioto, Nara y Uji con mis padres. Segunda parte
Este post es contunuación de 旅行 Golden Week en Kioto, Nara y Uji con mis padres. Segunda parte.
El segundo día, como teníamos incluido el desayuno en el ryokan, bajamos a desayunar a una sala de estilo japonés. Una de las especialidades de este hotel era el tofu y en el desayuno lo ofrecían en una pequeña cazuela con verduras y setas sobre un pequeño fuego:

Después del opíparo desayuno, y tras dar un oar de vueltas perdidos sin aclararnos con el mapa, llegamos al templo Sanjusangendo, famoso por sus esculturas budistas, exactamente mil figuras dek dios Kanon. Cada una de ellas tiene un gesto diferente y está cudadosamente labrado. Lo malo es que no se podía hacer fotos del interior así que no puedo mostraros ninguna imagen de estas esculturas. Sin embargo, el edificio exterior tiene también su interés, pues es de una gran longitud, algo comprensible ya que, en caso contrario, no podría albergar las imágenes de Kanon:


A uno de los lados de este templo hay una zona de jardines a la que creo que hay que dedicar unos minutos de atención, en especial por su contraste con el templo:


Justo enfrente de este interesante templo (y mucho menos concurrido que los más famosos de Kioto pese a ser realmente interesante) se encuentra el Museo Nacional de Kioto, de visita obligada si os interesa el arte japonés. Es un Museo realmente interesante donde podéis contemplar piezas de laca, cerámica, caligrafías, kimonos, esculturas o emakimonos. Estos últimos (rollos de pintura acompañados de texto que incluyen alguna historia) son muy muy interesantes y a mi madre le encantaron dado el detalle de sus dibujos y la diversidad de colores. Realmente quedó fascinada con ellos. Así que en su nombre (y en el mío claro) os los recomiendo vivamente.
Tras la agotadora visita al Museo (ya sabéis lo que se tarda a veces en estos lugares) cogimos un autobús para dirigirnos a visitar uno (si no el más) de los templos más famosos de Kioto: Kyomizudera. Una vez que se llega a la zona donde se encuentram hay que subir una cuesta que está llena de tiendas de souvenirs y alguna casita de té así como restaurantes tradicionales. Además a lo largo de este camino (que imagino que siempre está repleto de gente pero aún lo estaba más por ser temporada altísima) se divisa ya la pagoda principal del templo:

Además tuvimos la suerte de cruzarnos con dos maiko, y pude fotografiarlas de muy cerca aunque muy muy rápido ya que no se detenían en ingún instante pese al interés que suscitaban:

Cuando se llega por fin al templo (tras una señora cuesta que aún os costará más trabajo si os pilla la temporada de calor), se entiende el porqué de su fama. Es de una belleza exquisita y si no fuera por la muchedumbre que lo inundaba todo, es el lugar ideal para sentir la esencia del Japón antiguo, para adentrarse en sus misterios y disfrutar de su arte y cultura:



El conjunto de todos los templos está construido en madera aunque pueda parecer increíble. Por supuesto, se puede subir al edificio principal y desde allí hay unas vistas impresionantes del otro edificio (completamente atestado de personas), y de la montaña (completamente verde en este mes que fuimos, mayo) donde hay otra pequeña pagoda. Una de mis ilusiones sería visitar este templo (y Kioto en general) en otoño, pues con los colores rojos, acres y amarillos de esta etsación deben ser aquí espectaculares.



En uno de los laterales del templo se encuentra un templo del amor, donde venden numerosos omamori (amuletos) para afianzar la relación de pareja o encontrar el amor. Hay una curiosa prueba de amor que consiste en una “piedra del amor” o mejor dicho en dos. Resulta que hay dos piedras una enfrente de la otra separadas por unos cuatro o cinco metros, que el enamorado deberá recorrer con los ojos cerrados. Si lo logra, sus deseos de amor se cumplirán. Sin embargo, dado la aglomeración, era realmente imposible hacer este camino:

Desde aquí se puede alcazar la otra parte del templo, una de cuyas vistas os he puesto en una foto más arriba. Y claro, desde otro, lo que hay es una panorámica del edificio principal:

Y avanzando un poco más en el camino, otra visión más de este pabellón, pero ahora entre los árboles:


Por la senda que seguimos, se podía llegar a aquella pagoda de madera que desde el edifico principal se veia. En esta zona, había algo menos de gente y es de gran interés por ser tan rústica y al tiempo tan bien labrada y elaborada. Y además mezclada con la naturaleza, me gustó mucho.



Otro de los atractivos de Kyomizu es la fuente con trs chorros cada uno de los cuales concede un bien: longevidad, prosperidad económica o inteligencia. Se puede beber de uno solo y si se hace se conseguirá una de esas tres cosas. Sin embargo, no hicimos cola ya que había muchísimas muchísimas personas esperando:

A la salida del templo, se encontraba un bonzo delante de quien se paró un fiel para recibir su bendición. La escena me pareció muy interesante y decidí fotografiarla:

Tras abandonar Kyomizu, bajamos por otras calles totalmente turísticas y llenas de tiendas de té, y numeros souvenirs. Es la calle Sannenzaka cuya arquitectura realmente me encanta con las casitas tradicionales y los comercios tradicionales.
El camino desemboca en el templo Kannonji donde se aloja una gigantesca estatua , la Ryozen Kannon, que se ve desde la parte exterior, por lo que no es necesario pagar la entrada. Es un templo del año 1606 construido por orden de Ieyasu Tokugawa pero cuyo interés (según parece) no pasa del de la estatua:

Cerca de esta zona, había una hermosa vista de otro templo o, de al menos una pagoda, pero que no supimos identificar ni con el mapa; pero la profusion de templos, santuario, pagodas y estatuas es tal que me era imposible indentificarlos todo (y mucho menos visitarlos).

Pasamos también junto a otro templo, llamado Kodaiji cuyo edificio principal tenía una forma realmente curiosa que jamás habia visto en ningún templo nipón y que nos recordaba mucho más a alguno del sudeste asiático:

Cerca de esta zona, las suerte nos volvió a sonreír y nos topamos de nuevo con otras dos maiko, y esta vez hasta pude fotografiarlas de frente:


Pero el objetivo de nuestros pasos era llegar al parque Maruyama, uno de los principales de Kioto donde se realiza en primavera el hanami (contemplar las flores de cerezos) y en otoño el momijigari (reunirse debajo del momiji o arce japonés). Fue calificado como parque en el año 1886.


Al norte de esta parque se encuentra el templo Chionin, donde no pudimos ya entrar por ser muy tarde pero, al menos, vimos y fotografíamos su entrada que es lo más impresionante del recinto. La verdad es que es gigantesca y, sólo poder verla, nos compensó de no penetrar en su interior:

Al ser la hora en la que ya estaban cerrados todos los templos (alrededor de las 17), fuimos al famoso y populoso barrio de Gion, el famoso emplazamiento de las geishas, el barrio del placer. Por ello, está lleno de restaurantes, casas de té y en la actualidad muchisimas tiendas de souvenirs y recuerdos donde hicimos muchas de las compras de este viaje.
Seguimos andando por esta zona y cerca del río Gamo, y de algunos de sus canales. Estuvimos por una de estas zonas, (no sé si todavía era Gion) donde el ambiente era totalmente encantador: callecitas estrechas, puentecillos, restaurantes que dan a los canales:



Saliendo a la avenida principal, se puede contemplar el maravilloso río Kamo (inspiración de tantos poetas, calígrafos y pintores) y al otro lado el barrio de Pontocho de sabor castizo y tradicional. Dando hacia el río numerosos lujosos resaturantes iluminados que permiten ver (o más bien advinar) su interior donde muhcas geishas brindan sus servicios a la selecta clientela:

Tras cruzar el río caminamos un rato por esta zona de Pontocho, donde hay muchisimas callejuelas cin restaurantes y bares pero, dadas las fechas, desafortunadamente, todos llenísimos. Casi todas estas callecitas están iluminadas por lamaritas de papel rojo, así que imaginad lo nipón y cautivador de la escena. ¿Cómo no enamorarse de Kioto?


Habíamos caminado todo el día, visitado numerosos lugares y, claro, el hambre y el cansancio ya acuciaban. Sin embargo, todos los restaurantes en los que entrábamos estaban completos. Tras muchos infructuosos intentos, finalmente subimos a un restaurante en lo alto de un edificio, de yakiniku (carne coreana a la plancha) donde nos dijeron que debíamos esperar más o menos una hora para entrar. Como no podíamos seguir andando y tenías silla, aguardamos ese tiempo y cenamos en este local. Tenían tabehodai (es decir barra libre de comida) de carne, pescado y verduras para hacer sobre la plancha de la mesa. Era muy barato y estaba realmente delicioso:

Una cena redonda para un dia redondo.
Pero nuestro viaje aún no había terminado… así que CONTINUARÁ…
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Como siempre, todos los comentarios anteriores contestados.
Muchas gracias a todo@s.
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