irukina.com

Lost In Tokyo

11 2006

3 horas de espera, 3 minutos de “placer”

Este martes se me ocurrió la brillante idea de acudir a una exposición de emakimono en el Museo Idemitsu. Y conmigo tuvieron la misma idea una horda de japoneses hambrientos de cultura.

El emakimono es un largo (de más de 5 metros) rollo de papel pintado. Los emakimono ilustran historias tradicionales japonesas o famosas obras literarias como el Genji Monogatari (que ahora podemos leer en español gracias a dos ediciones: la de Atalanta y la de Destino) Algunos de ellos son verdaderas obras de arte y están considerados tesoros nacionales.

En este museo se exponía, por cuarta vez en la historia y, sólo durante tres semanas, los tres rollos que ilustran la obra El cortesano Ban Dainagon. Pero, al llegar allí, y tras pagar la entrada (700 yenes) y entrar al museo, comprobé con horror, que para acceder a la sala de exhibición había una larga cola de japoneses que serpenteaba en varios giros. Tras una primera fase de espera (de unos 40 o 45 minutos) pude acceder a la sala donde estaban los emakimono y allí, la cola de personas seguía serpenteando y se hacía especialmente intensa antes de cada una de las tres vitrinas donde se exponían estos rollos. El flujo y movimiento de personas eran controlados por varios guardas de seguridad de gesto adusto. Delante de cada una de las vitrinas principales existía una cinta separadora, ya que teníamos la opción de esperar la cola y poder acercarnos al máximo al emakimono, o no hacer cola y observar desde detrás de esta cinta (y con una decena de japoneses por delante) y a vista un poco de pájaro, las famosas ilustraciones. Este sistema, lejos de ser improvisado, venía perfectamente indicado por unos carteles que daban la explicación pertinente sobre las dos modalidades de cola:

Ya que había llegado hasta allí y había realizado la primera fase de cola, decidí optar por ver el emakimono por dentro de la cinta para poder observar bien todos los detalles y cada uno de los dibujos. Y así, tras aproximadamente una primera hora y media, accedí a contemplar este tesoro nacional. Pero tras tan larga espera, la observación se redujo a un simple minuto, pues no hay mucho más que ver y, además, el resto de la cola venía empujando por detrás.

Y así, me pasó igual, con el segundo emakimono. Mis piernas (y mi estómago, pues era la hora de comer) no pudieron más y el tercer rollo lo vi desde la segunda fila.

Resultado: una decepción. Mucho tiempo de espera para sólo unos instantes de contemplación, Y, ni siquiera pude apreciar mucho la obra puesto que apenas conocía la historia y no podía identificar cada uno de los dibujos. Sin embargo, he de reconocer, que el montaje estaba bastante bien hecho porque se habían realizado ampliaciones de determinadas zonas para poder observar mejor los detalles.

De todos modos, la visita no fue del todo en balde, porque el museo está situado en la novena planta de un edificio con una hermosa vista de los jardines del Palacio Imperial:

Además, en la entrada del museo había una reproducción de una sala de té, lo que me entusiasmó, porque, como mucho ya sabéis, este mundo del té, me encanta:

En esta habitación de té, podemos ver:
– En el centro, una caligrafía en papel vertical. Se supone que debe armonizar con el resto del entorno e inspirar a los invitados a la ceremonia del té.
– Debajo de la caligrafía, a la izquierda, se encuentra el florero donde se debe colocar el arreglo floral. Éste debe ser sencillo y recordar a las flores campestres.
– Debajo de la caligrafía, a la derecha, se sitúa el recipiente especial para colocar el incienso y aromatizar la estancia.
– En la parte izquierda de la sala, están los utensilios propiamente dichos que se utilizan para la preparación del té. El más grande de ellos, es el que se empela para hervir el agua, que debe estar a una temperatura exacta.
– Entre los demás utensilios, se encuentran el recipiente para el agua fresca, los que contienen los dos tipos de té (en la ceremonia de té completa se toman dos tipos de tés verdes, uno más suave y otro más fuerte), la “cucharilla” de paja para remover o el hornillo de carbón.

Desde el Museo fui al Edificio Maronouchi, un complejo comercial y de restauración. Entre la variada oferta gastronómica que había, me decidí finalmente por un restaurante que llamaban de fusión oriental, puesto que ofrecían un menú (un setto) por 980 yenes (unos 6,5 euros). El problema es que esto consistía en una sopa, un dimsum (empanadillas de origen chino) y un plato del día que no sabía lo que era pues no lo entendí. Por lo tanto, era una comida sorpresa. La sopa estaba muy buena así como las empanadillas que eran de langostinos. El plato sorpresa estaba formado por un bol de arroz sobre una hoja verde de ¿plátano? y una mini sopera en la que flotaban en una salsa naranja, unas piezas de carne así como algunas verduras (zanahoria y judías verdes). En la siguiente foto, podéis ver los tres platos:

En esa sopera lo que había era un guiso al curry que estaba realmente rico. Yo mezclé la salsa con el arroz y me comí el resto. Picaba ligeramente pero tenía un sabor dulce e intenso muy bueno.

Además, desde este oriental restaurante (de elegante decoración), había unas excelentes vistas a la estación de Tokyo, un bello edificio construido a principios del siglo XX, siguiendo el modelo de la estación de Ámsterdam:

Por lo tanto, aunque el día empezó mal, la excelente comida con esas grandes vistas, mejoraron la jornada.


Deja un comentario

« »