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Lost In Tokyo

16  07 2006

De contraste en contraste

Siempre se ha dicho que Japón es el país de los contrastes, el país donde lo moderno y lo antiguo conviven de un modo armonioso y hasta natural. Esto era algo que me parecía un tópico pero lejos de serlo, hoy se ha convertido para mí en una vibrante realidad.

Hoy es domingo (bueno para mí ya son las 2 de la mañana así que podemos decir, que es lunes) y he podido disfrutar de otro día de ocio y turismo por el húmedo y caluroso Tokyo. El contraste entre el Japón ultramoderno y el más tradicional ha acompañado mi ruta.

En primer lugar, he decidido acercarme al museo de arte Ota, dedicado al ukiyo-e. El ukiyo-e es el grabado japonés en madera que, a partir del siglo XIX, se hizo famoso en todo el mundo. Los impresionistas franceses quedaron cautivados con este refinado arte y, por ejemplo, Van Gogh realizó varias imitaciones u “homenajes” de los ukiyo-e más importantes. Si os interesa este tema, podéis leer la información que encontramos en la wikipedia.

Es un museo muy pequeño cuya entrada cuesta 700 yenes (unos 5 euros). A la entrada me encuentro la primera sorpresa, hay que quitarse los zapatos e introducirlos en unos pequeños cajetines (similares a las consignas de los centros comerciales o estaciones) donde los intercambiamos por unas cómodas y mullidas zapatillas de estar por casa. Debajo, podéis observar mis pies calzados con estas pantuflillas [AVISO: La calidad de las fotos es bastante mala, pues están hechas con el móvil, disculpad]:

El museo tiene sólo dos plantas. En la primera hay algunos ukiyo-e generales y para ver una parte de ellos, hay que subir a un pequeño pasillo cubierto de tatami, por lo que, en ese espacio, debemos quedarnos totalmente descalzos y dejar a un lado nuestras zapatillas. También hay una reproducción de un jardín japonés:

En la planta de arriba hay exposiciones temporales de diferentes autores o temáticas de ukiyo-e. Este mes, el título de la exhibición es “Various Series of The Fifty-three Stations of the Tokaido Road”. Me ha gustado pero no entusiasmado y creo que volveré en septiembre cuando se exponen los ukiyo-e de Utamaro y Hiroshige, dos de los autores más importantes del grabado japonés.

Cuando he salido de este reducto tradicional y lleno de paz me he topado de bruces con el bullicio de la zona que va hacia Shibuya (uno de los barrios más modernos, cosmopolitas y agitados de Tokyo) donde la gente no paraba de pasar, pantallas gigantes me rodeaban por todos los sitios y mis ojos no cesaban de contemplar la extraña fauna urbana que por allí transitaba. Os mostraré tres ejemplos
1) Un extraño modelo de moto que es de todo menos discreto. En esta foto, estaba parado pero, poco después, pude ver a su sueño encima de ella. El motero iba cantando y, desde otra moto que circulaba a su lado, le grababan:

2) La tienda Raulph Lauren, donde jovencitas no paraban de entrar. Obviamente, su poder adquisitivo supera ampliamente al mío:

3) La calle por la que iba bajando hacia el parque Yoyogi está, como ya os he dicho, enormemente transitada. En esa calle, como en muchas otras, hay aparcamientos subterráneos y la salida de los vehículos podría provocar conflictos con la horda de transeúntes. Por ello, en muchas de estas salidas hay algunos empleados que se dedican a regular la salida de los coches y controlar el paso de los peatones. Pero esto se convierte en un verdadero espectáculo pues en uno de ellos, cuatro japoneses lo llevan a cabo y no paraban de moverse, gritar y dar órdenes. Iban muy uniformados y su eficiencia era ejemplar. Os incluyo un archivo con un vídeo para que podáis verlo.

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Al final de esa calle he llegado a una de las entradas del parque Yoyogi donde se concentran los jóvenes nipones a los que les gusta vestirse (o más bien disfrazarse) de las más variopintas formas, supongo que por salirse un poco de su uniformada y, a veces, encorsetada sociedad. Aquí os dejo algunos ejemplos:

En medio de esa calle, a la vuelta de una esquina, un pequeño templo nos recuerda, de nuevo, el Japón antiguo:

Desde ahí me dirigí a la calle Takeshita, una de las calles más bulliciosas y animadas de la zona donde algunos de los jóvenes vestidos de esos extraños modos, pueden comprar la ropa. La calle me recordaba bastante al mercadillo de Candem en Londres. En la foto que os pongo, si os fijáis, puede leerse en caracteres latinos, el nombre de la calle:

Al salir de esta calle, puedo decir que me ha tocado la lotería y he disfrutado un espectáculo increíble que ignoraba que se celebraba allí, en ese momento y día. Este mes hay diversas celebraciones del Obon-odori, la fiesta de difuntos japoneses, donde se homenajean las almas de los difuntos, colocando en pequeñas lamparitas, casitas o barquitos de papel, una vela y se dejan en los ríos para que lleguen hasta el más allá (más información en la wikipedia). Yo siempre había querido ver este espectáculo pero un alumno mío, me dijo que, para evitar contaminar los ríos, apenas se celebraba ya. Y sin embargo, yo me he topado sin esperarlo con un templo sintoísta llamado Togo Jinja, que tiene un estanque, donde se estaba celebrando esta preciosa fiesta. Por doquier, montones de japoneses portaban sus lamparitas de papel y, muchos de ellos, iban ataviados con yukatas o kimonos. Debajo, una foto de muy mala calidad, de estas lamparitas antes de encender la vela que hay en su interior:

Os pongo algunas otras fotos de este curioso rito. Al principio, veis unos monjes yendo hacia el lugar donde harán los rezos. Después hay varias tomas de las lamparitas (ya con las velas encendidas) sobre las aguas del estanque. También podemos ver, a algunos japoneses portando las lámparas encendidas antes de lanzarlas al agua. y si os fijáis bien, dentro del agua, hay una persona (son una de estas lámparas en la cabeza) que se encarga de ayudar a las ánimas a llegar hasta su destino:


La fiesta acaba con fuegos artificiales (que se quedaron muy cortos debido al inicio de la lluvia) y un baile al que ya no me quedé y eso que tiene fama de ser realmente divertido. La celebración se acompaña de bebida y dulce típicos que, en este caso, se servían en una carpa adyacente (a la que yo no pude acceder, snifff).

Bueno, y tras este regalo inesperado, volví al centro de Shibuya donde, de nuevo, las luces de neón y la furia de una rabiosa modernidad me rodearon.

Puedo decir que hoy he hecho un viaje entre dos mundos.

Saludos para tod@s.


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